incrustaciones de iris dorados, una botella de sake de porcelana y dos cuencos. Sus movimientos eran pausados y gráciles, propios de un ritual sagrado. Después se acercó de puntillas a la puerta y escuchó.
El ruido había disminuido; las mujeres debían de haber acabado de vestirse y estarían de camino hacia la sala del banquete. Harume regresó al altar que había dispuesto. Embargada de ansiedad, se compuso el cabello moreno y lustroso, que le llegaba a la cintura. Se aflojó la faja y separó las faldas de su bata de seda roja. Desnuda de cintura para abajo, se arrodilló.
Se contempló con orgullo. A sus dieciocho años, poseía la madurez física de una adulta, pero con el fresco esplendor de la juventud. Una impecable piel marfileña recubría sus firmes muslos, sus caderas redondeadas y su abdomen. Harume se acarició el sedoso triángulo de vello pubiano con la punta de los dedos. Sonrió al acordarse de él y de su mano allí mismo, de su boca contra su garganta, de su éxtasis compartido. Se deleitó en su eterno amor por él, que estaba a punto de demostrar más allá de cualquier duda.
Para purificar la estancia, uno de los sacerdotes agitó un bastón adornado con blancas tiras de papel y gritó: «¡Que salga el mal, que entre la fortuna! ¡Zuum! ¡Zuum!» Después entonó una invocación a los dioses sintoístas Izanagi e Izanami, venerados procreadores del universo.
Al oír aquellas palabras conocidas, Sano se relajó. La intemporal ceremonia lo elevaba por encima del miedo y la duda; en su interior creció la esperanza. A pesar de los riesgos, quería ese matrimonio. A la avanzada edad de treinta y un años, estaba listo para dar aquel paso definitivo hacia la madurez oficial, para asumir su lugar en la sociedad como cabeza de su propia famili
El ruido había disminuido; las mujeres debían de haber acabado de vestirse y estarían de camino hacia la sala del banquete. Harume regresó al altar que había dispuesto. Embargada de ansiedad, se compuso el cabello moreno y lustroso, que le llegaba a la cintura. Se aflojó la faja y separó las faldas de su bata de seda roja. Desnuda de cintura para abajo, se arrodilló.
Se contempló con orgullo. A sus dieciocho años, poseía la madurez física de una adulta, pero con el fresco esplendor de la juventud. Una impecable piel marfileña recubría sus firmes muslos, sus caderas redondeadas y su abdomen. Harume se acarició el sedoso triángulo de vello pubiano con la punta de los dedos. Sonrió al acordarse de él y de su mano allí mismo, de su boca contra su garganta, de su éxtasis compartido. Se deleitó en su eterno amor por él, que estaba a punto de demostrar más allá de cualquier duda.
Para purificar la estancia, uno de los sacerdotes agitó un bastón adornado con blancas tiras de papel y gritó: «¡Que salga el mal, que entre la fortuna! ¡Zuum! ¡Zuum!» Después entonó una invocación a los dioses sintoístas Izanagi e Izanami, venerados procreadores del universo.
Al oír aquellas palabras conocidas, Sano se relajó. La intemporal ceremonia lo elevaba por encima del miedo y la duda; en su interior creció la esperanza. A pesar de los riesgos, quería ese matrimonio. A la avanzada edad de treinta y un años, estaba listo para dar aquel paso definitivo hacia la madurez oficial, para asumir su lugar en la sociedad como cabeza de su propia famili
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